miércoles, 17 de abril de 2013

Gestión de la innovación en tres dimensiones, por Silvia Leal

Silvia Leal es Directora de los programas de Innovación y Tecnología del IE Business School y Directora Corporativa de Tecnología en Geoban S.A. (Back-office del Grupo Santander). Doctora, experta en Innovación y Nuevas Tecnologías, colabora con la Comisión Europea para el despliegue de la Agenda Digital.

No es un nuevo objeto de debate, originado por la difícil situación a la que se están enfrentando gobiernos, empresas y emprendedores. Tampoco es parte de un elaborado discurso político o empresarial, surgido de la profunda crisis financiera que estamos atravesando. Sin innovación no hay salvación. Las cifras que avalan este mensaje son demoledoras. 

La Comisión Europea estima que durante los años previos a la crisis la cuarta parte del incremento del Producto Interior Bruto (PIB) de sus países y el 41,6% del crecimiento de su productividad encontraron su origen en la innovación. No obstante, según refleja el Innovation Union Scoreboard, la situación de la innovación en nuestro tejido empresarial es preocupante. Más concretamente, nuestro país ocupa el puesto 16 entre los 27 países analizados, muy por detrás de la media. 

De hecho, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en nuestro país tan sólo el 18,6% de las empresas pueden considerarse innovadoras. ¿Por qué? El 44,69% de las organizaciones argumentan no innovar porque los costes de hacerlo son demasiado altos. El resto justifica no hacerlo como resultado de la falta de conocimiento, por factores de mercado o porque, simplemente, no hay demanda de innovaciones. 

Sin embargo, la innovación no es el fruto directo de fuertes inversiones de capital, sino el resultado de la energía innovadora de las personas. Por ello, en un momento en el que los “nuevos presupuestos” son un recurso muy escaso, las empresas necesitan asegurarse de desarrollar al máximo su capital intelectual y creativo disponible. 

Utilizaré una sencilla metáfora. La innovación es el resultado de la combustión de tres elementos: las personas, la organización y la motivación. Si estos se gestionan adecuadamente el resultado será una potente energía creadora (nuevos productos, negocios, mercados…). Pero si no se gestionan bien, el resultado será una simple incineración. 

Desafortunadamente, no se trata de un proceso que llegue acompañado de manual de instrucciones. Por ello, quiero compartir con vosotros los resultados de una larga y profunda investigación que he desarrollado gracias a la colaboración del IE Business School, Telefónica y SAGE. Publicaciones internacionales como Forbes ya se han hecho eco de sus interesantes pero inesperadas conclusiones. 

De acuerdo a esta investigación, la innovación es un proceso “esencialmente humano” que debe ser gestionado con la misma eficiencia que el resto de los procesos de una compañía. Surge así la metodología “Innova 3DX” que contempla la gestión de la innovación a través de tres ejes o dimensiones: el ecosistema creativo; la identidad innovadora, y la motivación intrínseca, motor biológico que impulsa a actuar. 

El ecosistema creativo en el que desempeñamos nuestro día a día puede bloquear o, por el contrario, desatar nuestra fuerza innovadora. Las empresas son conscientes de esto, y por ello invierten muchísimo esfuerzo y dinero en acciones dirigidas a mejorar su cultura innovadora pero, ¿Son efectivas? En demasiadas ocasiones, no lo son. 

Elementos como el entorno laboral (¿Estoy a gusto? ¿Cómodo?), las prácticas directivas (¿Valora mi jefe que innove? ¿Pensará que no estoy haciendo mi trabajo?) impactan igualmente sobre nuestro comportamiento y, por supuesto, sobre si intentaremos o no innovar. Medidas enfocadas únicamente en la cultura de innovación no serán efectivas. 

En segundo lugar se encuentra nuestra identidad innovadora. La innovación surge en las personas, por lo que es necesario que seamos creativos. Existe un claro consenso sobre esto, y por ello más del 50% de las acciones dirigidas a fomentar la innovación ponen su foco en este factor, la creatividad, pero de nuevo ¿son efectivas? En demasiadas ocasiones, tampoco lo son. 

Nuestra identidad innovadora es una realidad mucho más compleja. Por ejemplo, nuestra autoestima (¿Yo? ¿Seguro que yo?...), nuestro optimismo (¿Y si también me sale mal? ¿Fracasaré?), nuestro miedo al fracaso (¿Y si fallo? ¿Me castigarán?) y nuestro locus de control (¿Depende de mí? ¿Puedo hacer realmente algo?), impactan fuertemente sobre el comportamiento creativo, y deben ser entendidos y gestionados correctamente. En caso contrario, nuestro valioso potencial creativo se desvanecerá. 

Pero todavía nos queda una tercera dimensión, la motivación, esa fuerza o motor biológico que dado un determinado ecosistema creativo y una cierta identidad innovadora, nos impulsará a actuar, a intentar innovar y crear. Esta dimensión se asocia con preguntas como: ¿Lo conseguiré? ¿Merece la pena innovar? 

Como consecuencia, aquellas empresas que apuesten por la innovación deberán establecer mecanismos que minimicen las fugas de creatividad y que sistematicen la incorporación de todo el ingenio organizacional en la maquinaria generadora de nuevas ideas. Para ello, deben concentrarse en estas tres dimensiones, y aprender a monitorizarlas con eficiencia para vencer la resistencia que ofrecen los viejos modelos. La fuerza motriz que necesitan para salir reforzadas de esta crisis, que tarde o temprano tiene que terminar, está en ellas mismas. 

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